Hoy, 8 de julio, cumplo años. Y como uno ya no puede evitar mirar el mundo con ojos de científico de datos, decidí no celebrar con velas sino con números y efemérides. Resulta que mi fecha de nacimiento tiene un historial científico bastante decente, y no resisto la tentación de compartirlo.

Lo que pasó un 8 de julio

Un 8 de julio de 1695 murió Christiaan Huygens, y aquí hay una ironía que me encanta. Todos lo recuerdan por Titán, por los anillos de Saturno y por el reloj de péndulo. Pero Huygens también escribió, en 1657, el primer tratado publicado de probabilidad, De ratiociniis in ludo aleae, donde formalizó una idea sin la cual mi profesión no existiría: la esperanza matemática. El hombre que nos enseñó a calcular el valor esperado de un juego de azar murió el día en que, 283 años después, el azar me pondría a mí a nacer. Valor esperado de esa coincidencia: 1/365. Ocurrió igual.

Un 8 de julio de 1895 nació Igor Tamm, Nobel de Física por explicar la radiación de Cherenkov: ese resplandor azul que aparece cuando una partícula viaja más rápido que la luz en ese medio. Me gusta como metáfora: a veces los datos también emiten un brillo extraño cuando algo va más rápido de lo que el contexto permite. Casi siempre conviene investigarlo.

Un 8 de julio de 1947, la base aérea de Roswell emitió el comunicado de prensa más famoso de la historia de la ufología: habían recuperado un "disco volador". Al día siguiente lo corrigieron —era un globo—, pero ya era tarde: la corrección nunca alcanza al titular. Como ejercicio de cómo una afirmación extraordinaria le gana la carrera a la evidencia ordinaria, Roswell sigue siendo insuperable. Lo celebro cada año sin querer.

Y un 8 de julio de 2011 despegó el Atlantis en la misión STS-135, el último vuelo del programa del transbordador espacial: el cierre de treinta años de una manera de ir al espacio.

Lo que pasó en 1978

El año tampoco se queda atrás. Dos semanas antes de que yo naciera, el 22 de junio de 1978, James Christy descubrió Caronte, la luna de Plutón, mirando una foto donde Plutón salía "defectuoso": el defecto era una luna. Meses antes, en febrero, se había lanzado el primer satélite GPS (Navstar 1). O sea que nací el año en que la humanidad empezó a saber exactamente dónde está — conclusión personal pendiente de verificación.

Y para mi yo heliofísico, el dato que más me gusta: nací en plena fase ascendente del ciclo solar 21, camino al máximo de 1979. Llegué al mundo con el Sol acelerando.

Mi cumpleaños, como dataset

Cuarenta y ocho años suena solemne. Pero las unidades importan, así que hagamos la conversión: hoy cumplo 17,532 días, unas 420,768 horas, y he completado 48 órbitas alrededor del Sol, lo que equivale a un viaje de unos $4.5 \times 10^{10}$ kilómetros — sin contar que el Sol mismo me ha arrastrado otros $3.5 \times 10^{11}$ kilómetros alrededor del centro galáctico, un viaje que nadie me reconoce en las millas del programa de viajero frecuente. He visto (bueno, han ocurrido) unas 594 lunas llenas, mi corazón lleva del orden de $1.8 \times 10^9$ latidos, y voy por mi quinto ciclo solar: el 21, el 22, el 23, el 24 y el 25.

Y un regalo final de la probabilidad, cortesía del difunto Huygens: la famosa paradoja del cumpleaños. En un grupo de apenas 23 personas, la probabilidad de que al menos dos compartan fecha de cumpleaños ya supera el 50%. Así que si hoy están en una reunión de más de 23 personas, es más probable que improbable que alguien más esté de cumpleaños escondido por ahí. Si lo encuentran, salúdenlo de mi parte.

Cierre

No hay moraleja profunda esta vez, o quizás una pequeña: las fechas no significan nada —son coordenadas arbitrarias en un calendario que hemos remendado durante siglos— y sin embargo mirarlas con datos las vuelve significativas. Huygens nos dejó la esperanza matemática; yo hoy me conformo con la esperanza ordinaria: que el ciclo solar 26, cuando llegue, me encuentre todavía graficando.

Gracias por leer, y por acompañarme estas 48 vueltas al Sol. Las que vienen prometen mejores visualizaciones.


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