Pantallas de trading mostrando múltiples gráficos de series temporales en tiempo real Foto: Nicholas Cappello en Unsplash

En una columna anterior argumenté que los datos no son la realidad, sino una representación de ella. Alguien podría responder: de acuerdo, pero son la mejor representación que tenemos. Y tendrían razón. El problema no es que usemos representaciones. Es lo que ocurre cuando dejamos de verlas como tales.

Permítanme ser más directo esta vez: los datos no solo han reemplazado nuestra forma de entender el mundo. Han reemplazado nuestra forma de legitimarlo.

Las sociedades siempre han necesitado una autoridad que reduzca la incertidumbre. Primero los mitos, luego los dioses, luego la razón ilustrada. Cada sistema tuvo su sacerdocio: quienes traducían lo incomprensible en decisión. Hoy ese sacerdocio tiene otro nombre. Se llama modelo. Le hacemos a los modelos las mismas preguntas que antes le hacíamos al oráculo: ¿a quién contratar?, ¿qué crédito conceder?, ¿quién representa un riesgo? Y recibimos respuestas con la misma solemnidad de siempre, pero ahora en forma de puntuaciones y predicciones. El oráculo hablaba en nombre de los dioses. El modelo habla en nombre de los datos. Y eso lo hace parecer incuestionable. Cuestionar un modelo no siempre se percibe como pensamiento crítico. Se percibe como herejía metodológica.

Yo construyo esos modelos. Conozco sus entrañas: los supuestos que contienen, las variables que excluyen, las decisiones humanas que están incrustadas en cada línea de código. Y precisamente por eso sé que no son oráculos. Son hipótesis formalizadas. Útiles, a veces poderosas, pero hipótesis al fin. El problema no es la herramienta. Es la fe. Cuando un sistema adquiere estatus de verdad incuestionable, deja de ser examinado. Y cuando deja de ser examinado, las decisiones que produce dejan de ser debatidas. Lo que se discute ya no es si la decisión es justa o razonable, sino si los números que la justifican son correctos. El poder se desplaza hacia quien controla los números. La discusión, hacia quienes saben leerlos. Y los demás quedan fuera, no por ignorancia, sino por diseño. Eso no es objetividad. Es una nueva forma de autoridad.

Nuestra época tiene una paradoja incómoda: nunca habíamos tenido tanto acceso a información, y sin embargo comprendemos cada vez menos los mecanismos que la producen. Confiamos más. Entendemos menos. Y llamamos a eso progreso.

Tal vez no estamos superando la fe ciega. Tal vez solo estamos actualizando su interfaz. La pregunta no es si debemos usar datos —sería absurdo plantear lo contrario. La pregunta es si somos capaces de exigirle a los sistemas que construimos la misma rendición de cuentas que le exigimos a cualquier otra forma de poder. Porque un modelo que no puede ser cuestionado no es ciencia. Es dogma.


Publicada originalmente en El Universal el 3 de mayo de 2026: eluniversal.com.co/opinion/columna/2026/05/03/en-el-principio-fue-el-dato


<
Previous Post
El mundo no está hecho de datos
>
Next Post
La paradoja de la confianza: por qué el Sur Global le tiene más fe a la IA que las potencias tecnológicas